Al migrante lo excluyen, lo explotan, le aprenden, lo necesitan, lo promueven, lo denigran, lo aíslan. Él, sobrevive, resalta, se defiende, se agrupa, se camufla, en algunos casos pertenece y se acomoda, en otras desaparece y responde en silencio.
Para más claridad, podemos convenir que la palabra “discriminar” en su significado más llano es “seleccionar excluyendo”, que un sujeto político y social considere a otro bajo un carácter de inferioridad como “raro” porque en relación a éste tiene una diferencia cultural, de pensamiento, idiomática, o más extraño aún: color de piel. Esta clasificación entre sujetos perjudica cualquier forma de progreso o desarrollo de un ser humano, sobre todo al que llega, “el que no pertenece”.
El migrante parece dejar de ser discriminado cuando adopta camaleónicamente otro acento, formas de actuar, vestir, y pensar. Ahí nuevas formas de violencia:
La persona que llega por primera vez sin conocimiento del idioma, de las normas éticas y morales propias del país de destino, acompañado de sentimientos de angustia, pánico, nostalgia del país dejado, incertidumbre laboral, de salud y vivienda , puede reaccionar con sentimientos de resistencia: no participar políticamente, no aprender el lenguaje propio del país de llegada, o permanecer aislado viviendo del asistencialismo estatal o por actividades delincuenciales por muchos años.
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